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Entradas

Un día perfecto para le pez banana | J.D. Salinger

En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos, y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina de bolsillo leyó una nota titulada  El sexo es divertido... o infernal . Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de  Saks . Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada al lado de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. Era una chica a la que una llamada telefónica no le hacía gran efecto. Daba la impresión de que el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que ella alcanzó la pubertad. Mientras el teléfono llamaba, con el pincelito del esmalte se repasó la uña del dedo meñique, acentuando el bor...

Rodrigo Espina en Nadar la Noche

Hablamos con Rodrigo Espina, quien supo mostrar el retrato más completo de Luca Prodan, en "LUCA, la película".

Cielo de claraboyas - Silvina Ocampo

La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.  Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban...

Nadar la Noche | 13 de Agosto 2014

Programa completo. Charlamos con Rodrigo Espina, director de "LUCA, la película", que nos contó -entre otras cosas- que a Luca le gustaba nadar de noche.. Además, entrevistamos a Marina Arias, escritora y docente de la Facultad de Periodismo, que presentó su nueva novela "Mochila".

Preguntas a la hora del té | Nicanor Parra

Este señor desvaído parece Una figura de un museo de cera; Mira a través de los visillos rotos: Qué vale más, ¿el oro o la belleza?, ¿Vale más el arroyo que se mueve O la chépica fija a la ribera? A lo lejos se oye una campana Que abre una herida más, o que la cierra: ¿Es más real el agua de la fuente O la muchacha que se mira en ella? No se sabe, la gente se lo pasa Construyendo castillos en la arena. ¿Es superior el vaso transparente A la mano del hombre que lo crea? Se respira una atmósfera cansada De ceniza, de humo, de tristeza: Lo que se vio una vez ya no se vuelve A ver igual, dicen las hojas secas. Hora del té, tostadas, margarina. Todo envuelto en una especie de niebla. [ Gustavo Cerati y Luis Alberto Spinetta - Té para tres ]

Luxor en Nadar la Noche

LUXOR, pintor y muralista de la ciudad de La Plata, desde 2009 trabaja construyendo lo que se denomina "pintura popular".

A la deriva - Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque. El   hombre echó una veloz ojeada   a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna...